Armenia, una visita muy animada

palmas de ceraEn esta ciudad, que integra el eje cafetero colombiano visitamos a Pablito Wilson. Paramos en la casa de su familia, en donde vive con su mamá Luz. El primer día, recorrimos el centro de la ciudad, el cementerio libre -ubicado en el pueblo de Circasia- y almorzamos en el restaurante que tienen en una de las avenidas del norte de la ciudad: “La Parrilla del Centenario”. Ahí comimos muy bien -empanadas de carne, bandeja paisa, espaguettis, postre, te- Luz y Pablo nos recibieron con los brazos abiertos y les estamos muy agradecidos.

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En el segundo día fuimos al Parque del café, en una localidad cercana -Montenegro- teníamos algunas referencias pero nos sorprendió encontrar un gran parque de diversiones con montaña rusa, montaña acuática, kartings, otros juegos y grandes patios del comidas. La entrada de estas y otras atracciones variaba de acuerdo al “tiquete” que comprabas. En esta oportunidad no compramos el más barato porque convenía que tengamos acceso a más atracciones, ya que si no había que pagar a cada una por separado. Fuimos generosos: tarjeteamos un tikete que incluía la entrada a siete atracciones. Ese viernes había muchísima gente, por lo que tuvimos que hacer filas largas para casi todo.  De la historia del café y su producción en la región nada, recién hasta el final cuando de manera apresurada -porque ya cerraba- visitamos el museo-paseo del café pudimos conocer algo. Es un recorrido didáctico que se inicia con las primeras historias de los árabes cultivando el café hasta como cultivan, producen industrialmente y se organizan los productores colombianos. Pero degustar cafe no estaba entre las atracciones del parque.

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El tercer y último día, fuimos en auto con Pablo y Juanca -un amigo suyo- hasta dos pueblitos cercanos de Armenia: bosques del Cocora y Salento, en el Valle de Cocora. En el primero paramos a almorzar en un restaurante con comida muy rica -y algo elevada en precios para nuestro presupuesto-. En todo el recorrido por la pequeña carretera el paisaje era muy bonito: pasamos por el río Quindío, entre verdes montañas repletas de palmeras, la palma de cera es el árbol nacional y proviene de esta región, árboles de diferentes tamaños y follajes, y hacia la tarde las nubes empezaban a bajar y cubrir parte del verdor.  En Salento fuimos al mirador y después caminamos -bajamos- por la calle principal, repleta de tiendas de artesanías, comidas y casitas coloniales muy bien cuidadas y pintadas de todos colores. Ahí probamos el “tirado”, un dulce a base de panela, las “solteritas”, algo como una galleta naranja con leche condensada, “forcha”, una espuma fermentada de maíz, y arepa de maíz (choclo); todas muy deliciosas, aunque algunas un poco extrañas.

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Los días con Pablito fueron de intenso aprendizaje sobre música, de Colombia y de otras partes. Él acaba de editar un libro sobre el rock colombiano (hablaremos más sobre el libro en otro post) y es una persona muy conocedora de bandas, festivales, sonidos y novedades musicales.  La última noche, luego de unas cervezas con nuestro anfitrión y una picadita, tomamos un taxi rumbo a la terminal para viajar a Medellín. Nos salvamos de sentir un temblor de escala 5.1 por ir en el auto, pero vimos las calles llenas de gente que salía de sus casas y comercios.

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